viernes, 3 de julio de 2009

Trabajo de investigación.

Presentación.

En el trabajo presentado a continuación lograran encontrar aquello tratado con anterioridad en blog, desde el tema con referido a el trabajo con relación a la famosa piramide de las necesidades de Maslow, hasta la ampliada reflexión sobre el arte de la Srta. Pando, a esto se ve agregado la ampliacion del primer tema, el cual es tratado en primera instancia en este trabajo.

Los cambios en la sociedad actual: nuevo contexto de creación y re-creación des sentidos

La revolución industrial masificada a nivel planetario a fines del siglo XIX, con matices según la posición relativa de los diferentes países – situándose unos como centrales-dominantes y otros, la mayoría, como periféricos-dominados –; impulsó una serie de procesos paralelos y concomitantes de profundo alcance en el ámbito político y social, que modificaron definitivamente la forma y estructura de las relaciones sociales entre las personas.

Actualmente, nos encontramos en una nueva fase de dinamización de la economía, ahora globalizada. La individualización generada a partir de la modernización capitalista generó el individualismo, que luego se exacerbó y actualmente ha adquirido nuevas características.

A nuestro entender, los procesos que experimenta actualmente la economía mundial impactan de manera definitiva en las ideas y concepciones de mundo que se generan en la sociedad global, impactando por tanto en la subjetividad individual, al proponer, léase imponer, nuevos referentes identitarios, pautas de comportamiento y nuevos sentidos.

Vamos ahora brevemente a examinar los principales conceptos que desde nuestro punto de vista contribuyen a explicar este nuevo contexto en que tiene lugar la generación del sentido

Un primer rasgo definitorio de la sociedad actual lo encontramos en el individualismo. En términos generales, éste constituye un pilar fundamental de la sociedad moderna y del sistema capitalista. De hecho, en la medida que la modernidad emerge como consecuencia de la consolidación de dicho sistema económico, el individualismo surge como un rasgo definitorio de las transformaciones operadas en el marco de este proceso respecto de las relaciones económicas y sociales. Al respecto, es importante señalar que existe un fenómeno que precede a la instauración del individualismo en las relaciones sociales, que es el proceso de individualización, generado a partir del planteamiento de la Ilustración, en el marco del cual cada persona asume su vida de una manera racional, libre y autónoma de todo determinismo exterior no racional; en este esquema, el individualismo viene a ser una exacerbación de la propia individualidad frente al otro y particularmente a la sociedad y a la acción colectiva.

Una conceptualización breve y nítida sobre este fenómeno la hace de Tocqueville: “individualismo es una expresión reciente que ha creado una idea nueva. Nuestros padres no conocían sino el egoísmo. El egoísmo es el amor apasionado y exagerado de si mismo. El individualismo es un sentimiento pacifico y reflexivo que predispone a cada ciudadano a separarse de la masa de sus semejantes, a retirarse a un paraje aislado, con su familia y sus amigos.” El individualismo se caracteriza en que el agente “dirige todos sus sentimientos solo hacia él”, donde unos al lado de otros se encuentran “sin lazo común”, haciendo “de la diferencia una especie de virtud publica” [i]

A partir de esta conceptualización encontramos que el individualismo tiene como característica definitoria el encontrarse determinado socialmente, es decir, podemos identificarlo solamente a la vista de determinados lazos de convivencia social, no siendo posible referirnos al individualismo aludiendo al individuo como mero concepto abstracto: la posición individualista, entonces, se define por el alejamiento de la acción colectiva social, y la indiferencia frente a ella.

En tanto rasgo propio de la modernidad, el individualismo es parte de la discusión en torno al tránsito del mito al logos, por cuanto remite a una concepción antropológica dinámica, que está en el origen del mundo moderno y por tanto de la individualización, y que adquiere gran actualidad en el contexto del nuevo individualismo, en el marco de la sociedad post-industrial, en la que la soledad individual y el aflojamiento de las relaciones sociales caracterizan a este fenómeno: si en la modernidad se derrumba el discurso aristotélico-tomista, operando el giro copernicano que otorga al hombre el dominio del mundo, aun así podríamos afirmar que el sujeto queda anclado a un ethos racional-cientificista-positivista, que, junto con abrir la posibilidad de la pregunta por el sentido, viene a constituir otra especie de determinismo, dada la extrema fe en la razón como vehiculo de realización del individuo y de progreso de la sociedad; en el mundo actual es donde tiene con cabida mayor fuerza la pregunta por el sentido, añadiéndosele, y he aquí el rasgo definitorio de la época actual, desde nuestra perspectiva, la posibilidad del sin sentido, de que incluso la razón pierda su fuerza creadora y explicativa.

Ahora bien, es necesario señalar el carácter mundial del fenómeno de exacerbación del individualismo en las relaciones sociales, políticas y económicas. Al efecto nos dice Zigmunt Bauman: “La vida en solitario puede ser feliz y debe ser activa, pero ella esta siempre impregnada de riesgo y de temores. En un mundo así, no hay gran cosa en la que los individuos puedan fundar sus esperanzas de salud y puedan contar en caso de fracaso: los vínculos entre los hombres están sueltos, pero también, por esta razón, terriblemente poco fiables, y la solidaridad es tan difícil de practicar como sus virtudes morales son difíciles de comprender. Es, como lo dice Antoine Garapon, la paradoja de la autonomía y de la fragilidad: la autonomía es la de un ser frágil, vulnerable.” [ii]

En este planteamiento, hay un nuevo individualismo, que tiene su origen en el fenómeno de la mundialización, vista desde un punto de vista negativo: “Este nuevo individualismo, este relajamiento de los vínculos humanos y el debilitamiento de la solidaridad no son mas que el reverso de la medalla cuya otra cara porta la efigie de la mundialización. En su forma puramente negativa, la globalización es un proceso parasitario, que se alimenta de la energía extraída al cuerpo de los estados nacionales y sus ciudadanos (…). La sociedad ya no está protegida por el Estado, ella está ahora expuesta a la rapacidad de fuerzas que no controla y que no espera o no desea reconquistar ni subyugar.” [iii]

Se trata, en suma, de un debilitamiento de la acción colectiva fruto de la pérdida de poder del estado-nación, y consecuentemente de la política, poder que ha sido usurpado por las fuerzas de la economía global. Parece nuevamente aquí, tal como según hemos indicado ocurrió con el tránsito hacia la modernidad, que el “fin de los metarrelatos”, propio del planteamiento postmodernista, implica en definitiva la instauración de un nuevo metarrelato, que adquiere características diferentes a los anteriores, tal vez la principal de las cuales está dada por su inusitado impacto en todas las esferas de la vida humana en gran parte del mundo. La globalización es esta nueva “ideología”, que, como las anteriores, a pesar de otorgar en la práctica la posibilidad de la construcción autónoma del sentido, dada la concepción antropológica dinámica a que se encuentra asociada, impone una forma de ser y de vivir, y por lo tanto un sentido existencial, con la salvedad de que éste ya no tiene implicaciones metafísicas trascendentes ni se nos presenta de modo sólido y concluyente, sino que se relaciona con la posición relativa que cada persona ocupa en el mundo real y concreto, con la posesión material. Es así como llegamos al trabajo como generador de sentido.

El trabajo como fuente referencial de sentido en la sociedad actual

“Históricamente puede constatarse que si bien en toda una primera etapa el trabajo ha recibido su sentido desde el dominio, como fuente dispensadora de sentido, en una segunda etapa, en la que nos encontramos, especialmente desde el inicio de la revolución industrial en adelante, el trabajo pasa a ser por sí mismo una fuente dispensadora de sentido, hasta el punto de que nuestra sociedad se puede caracterizar ante todo como sociedad laboral.”[iv]

Nuestra sociedad es laboral; ¿qué quiere decir esto, en torno a la pregunta por el sentido? Esta interrogante nos propone una definición de la fuente dispensadora de sentido que es el trabajo: según el propio Holzapfel, el trabajo sería una fuente referencial de sentido, lejana al trasfondo – el “sentido del sentido”, o lo que Weischedel define como el “desde-dónde”, lo máximamente universal de la cadena de sentido.

“Por todo lo dicho más arriba, las fuentes permanentes referenciales y universales del sentido que están en una mayor cercanía con el trasfondo son las mencionadas: amor- juego-saber-creatividad-muerte. En ellas destaca por sobre todo la donación de sentido, como al mismo tiempo su retiro o sustracción, como en particular, en el caso de la muerte. En el otro lado, las fuentes más alejadas del trasfondo son lucha-dominio-trabajo, y en ellas destaca por sobre todo la dotación de sentido. Y ello significa a la vez que las primeras son las que nos mantienen más cercanos al sentido propiamente tal, precisamente en cuanto se dona, mientras que las segundas conllevan una inevitable carga de arbitrariedad y relatividad, y son las que más pueden extraviar al hombre, como de hecho sucede por lo demás”.[v]

Con estas bases, podemos comenzar a estructurar nuestras ideas. ¿Qué determina que un sujeto “dote” de sentido al trabajo de una u otra forma? El enfoque que proponemos al respecto se guía por la Pirámide de Jerarquía de Necesidades del psicólogo estadounidense Abraham Maslow. Por lo tanto, estipulamos que el trabajo como fuente dispensadora de sentido presenta una cantidad preponderante de matices: puede ser tanto una fuente de autorrealización, como de subsistencia. Así es como entendemos su carga de arbitrariedad y relatividad, su lejanía con un transfondo.

La dotación de sentido respecto del trabajo como fuente dispensadora depende, de este modo, en el marco del proceso de globalización ya referido, de la posición que las personas ocupan en el aparato productivo: la posibilidad de aspirar a la autorrealización, al menos en el ámbito laboral, estaría asociada a una mayor estabilidad económica, la que otorgaría al individuo la autonomía necesaria para dotar de sentido a determinadas actividades de su vida cotidiana, en la búsqueda de su desarrollo personal; Este lugar es ocupado por el trabajo, dada la centralidad que este tiene en la configuración actual de la sociedad capitalista. Por el contrario, las personas que se ven en la obligación de vender su fuerza de trabajo como único medio para asegurar su propia subsistencia y la de sus familias, otorgan al trabajo un valor de afirmación personal y de validación social, en concordancia con su escaso nivel de instrucción. El trabajo mantiene aquí su centralidad, pero es dotado de un valor diferente, situado en un nivel inferior de la escala de necesidades, siendo considerado como fuente de seguridad.

La satisfacción de las necesidades humanas, en el sentido que las entiende Maslow, aparece, en este esquema, supeditada a la posición del individuo en el sistema productivo. Vamos avanzando en la escala hacia la autorrealización en función de la satisfacción de nuestras necesidades materiales, la que está, en gran medida, sino del todo, determinada por nuestra posición en la jerarquía establecida por la división del trabajo.

Se aprecian, entonces, ciertas diferencias en el trasfondo del sentido entre el ejecutivo y el obrero: la diferencia entre seguridad y autorrealización como contenidos del sentido atribuidos al trabajo (dotación); en el caso de los ejecutivos el trabajo pierde incluso su carácter referencial y se transforma en una fuente ocasional, debido a su condición de alta jerarquía, la cual los “desliga” [vi]de la alta necesidad del trabajo.

Estas diferencias entre sentidos del trabajo, no solo juegan en torno a una distinción entre “autorealizados” y “subsistentes”. Lo que consideramos más apremiante, y que más sentido contiene, es la idea, muy sustentada en el último tiempo por sociológos, de que el trabajo es fuente de construcción de identidad, primero personales y posteriormente colectivas. Es por lo tanto una fuente dispensadora de sentido que, de alguna manera, sobrepasa sus propios límites existenciales, para presentarse como articulador de un cierto orden social.

“El trabajo constituye para todos los entrevistados/as un soporte identitario que permite la realización de proyectos personales, posibilita la construcción de una imagen positiva frente a si mismo y los demás, y constituye una fuente de autonomía y dignidad. Como dice un entrevistado, “para mi el trabajo es vital, algo fundamental” (…) Es por ello que pensamos que en tanto espacio en el que se pone en juego una multiplicidad de habilidades y capacidades técnicas y profesionales, sociales y culturales, y que sigue organizando de manera preponderante la vida cotidiana de hombres y mujeres, lejos de desaparecer o perder importancia, no se puede soslayar en un intento por comprender la organización actual de nuestras sociedades, y particularmente, las formas actuales de construir identidades personales.”[vii]

Es así que el individuo, al dotar de sentido al trabajo, define una posición identitaria que lo relaciona también con otros; se transforma en sujeto productivo, y es solo así que se condiciona como “existente”. Según este planteamiento, la dotación de sentido en el trabajo puede ser entendido como un proceso de construcción de identidad, que al hacerlo, atribuye al sujeto ciertas funciones, valores y objetivos, que les da sentido a su existencia. Nos atrevemos a decir que la dotación de sentido puede ser vista, desde lógicas propias de la sociedad occidental pos-industrial, mediatizada y global, como una construcción discursiva con fuerte sujeción en el aparato productivo.

El impacto del trabajo como fuente generadora de identidad es dispar en relación a la posición que el actor ocupa en el sistema económico, y por lo tanto, de acuerdo con nuestro planteamiento, respecto de su lugar en la pirámide de las necesidades: sostenemos que, dado el contexto general en que se desarrolla personal y socialmente, el sujeto autorrealizado cuenta con fuentes alternativas de construcción de identidad, de las cuales, por su parte, el individuo subsistente carece, de modo tal que, para este último, la gravitación del trabajo como fuente de identidad es fundamental.

Reflexiones de una chica: El arte y el sentido.

Tras la pasión e impulsividad casi enferma volcada en una obra de Van Gogh, tras el virtuosismo y a la osada melancolía estridente de Stravinsky o la sublime impetuosidad de Ludwig van Beethoven, tras el misticismo profético y la ensoñación de la rima de Blake o el simbolismo atrozmente decadentista de Rimbaud; tras tantas obras legendarias o incólumes, imperecederas en la historia o efímeras y olvidadas, ¿Se esconde, acaso, la respuesta que tanto ímpetu ponemos en alcanzar? ¿Esconden, quizás, en toda la magnitud de su belleza o la oscuridad de su melancolía, el verdadero sentido de la existencia del ser? Probablemente lo único que el arte pueda entregarnos por seguro es la confusión y desesperación o bien la satisfacción y dicha de un individuo en particular; una película como “Apocalypse now” (Francis Ford Coppola) puede llevarme a la paranoia e incluso a la locura si me encuentro lo suficientemente susceptible a ello, un libro como “1984” (George Orwell) podría generar un efecto parecido con tan solo asumir un poco de la realidad cotidiana y analogarla a la ficción novelesca, así mismo una obra como la “Consagración de la Primavera” (Stravinsky) o la “9ª Sinfonía” (Bethoveen) podrían alzarme a la dicha y llenarme de emoción. Desde este punto de vista, el arte puede actuar perfectamente a modo de fuente programática del sentido y, por extensión, como fuente ocasional, si se tiene en cuenta el ejemplo anterior.

Una obra literaria, musical o de cualquier otro tipo puede otorgarle sentido a mi existencia por un tiempo determinado, no eterno, probablemente, pues las personas cambian, o maduran, aunque no puede descartarse que una fuente ocasional pueda convertirse en fuente permanente de sentido.

Puede que se considere, de este modo, que el arte como fuente ocasional de sentido, y más aún, como una dotación desprovista de cualquier fundamento, no aparezca lo suficientemente resistente o sostenible como para justificar o motivar una existencia, aunque claramente provistos del arte como fuente de sentido podemos orientar tanto de manera positiva como negativa nuestra forma de actuar, de sentir o pensar.

Por otro lado, podemos comprender el arte, y en este sentido nos estableceríamos en el nivel superior en la jerarquía de la pirámide de Maslow, como método de auto-realización, de expresión de la creatividad a gran escala. Se entiende la creación artística como modo de exteriorización más sincera de la interioridad del ser. Según indica Maslow, para alcanzar la creatividad, es decir, un nivel de auto-realización, entendiéndose este como una necesidad del ser, antes debe atenderse otras necesidades inferiores de jerarquía, aunque de carácter primordial, como lo son las necesidades fisiológicas, de seguridad, de afiliación (amistad, afecto), reconocimiento; que necesariamente se vinculan con la autorrealización creativa, considerando que si establece el arte como fuente dispensadora de sentido será de suma importancia poseer la confianza en uno mismo, la seguridad, el reconocimiento de los demás, el respeto entre otros, que hagan hincapié e incluso determinen esa decisión o ese impulso.

Ahora bien, es necesario determinar hasta que punto el arte, para el creador, representa el sentido en si mismo... Crear una obra de arte significa la mayoría de las veces exteriorizar, de modo consciente o no, la serie de sentimientos internos que puedan tanto ser positivos y agradables como pesimistas y atormentados. Un creador como el pintor Cararapgio puede haber visto su obra como el modo de desaforar su caos interior, así como la intención de Oscar Wilde puede haber sido traspasar la belleza o la estética, y también la decadencia de la naturaleza humana. Los últimos años de Boticelli fueron en sí un de modo de expresar su salvación y su fervor religioso, mientras que los últimos años de John Lennon intentaban más bien dejar atrás las penosas retrospectivas y enfocarse en la plenitud de su vida presente. Todos ellos, y muchos más, tenían o al menos demostraban tener aquella realización creativa como su principal fuente dispensadora del sentido.

Pero, mientras para algunos es posible alcanzar plenamente la auto-realización a través de la creación artística, para otros creadores de arte esta realización no llegó jamás. Basta citar el ejemplo de Arthur Rimbaud, ese niño eterno, siempre atormentado por los fantasmas de su pasado y de su presente, encolerizado con el mundo, enamorado de la soledad y de la noche ¿Acaso Rimbaud había completado los ciclos necesarios para alcanzar la auto-realización?¿Poseía confianza en si mismo, respeto, reconocimiento, o incluso la seguridad de un hogar que le permitiesen alcanzar la felicidad, y por lo tanto, el sentido de su existencia? Fue capaz de crear la más bella prosa y la más repulsiva rima, pero no de alcanzar la plenitud. ¿Es entonces el artista el poseedor de la respuesta a la pregunta por el sentido?¿Existe tal individuo?¿Existe, incluso, el sentido como tal? Muchos parecen haberlo rozado, como Beethoven lo tuvo y lo perdió, incluso escritores como Picasso o Neruda parecen haberlo acariciado durante largos años de sus vidas, Nicanor Parra y los “escritores beats” parecen haberlo rechazado. En definitiva, la auto-realización creativa puede llevar a la felicidad y llenarnos de sentido, si sabemos o en todo caso, si podemos mantenerlo. Parece ser mas bien que el sentido, en la mayoría si no en la totalidad de los casos, tiene un carácter efímero, perecedero, aunque no inalcanzable. No inalcanzable en tanto la jerarquía de la pirámide de Maslow se encuentre completa, que parece ser el modo más posible de alcanzar la felicidad, pero es necesario señalar que esto, a nivel de sociedad, no resulta fácil.

Será pertinente citar a uno de los más prolíferos creadores del siglo XX, Bob Dylan, que ha alcanzado el reconocimiento mundial, el respeto, y probablemente la confianza en sí mismo, todas las instancias necesarias para la auto-realización:”Siete reglas para esconderse de la vida: uno, nunca confíes en un policía con abrigo; dos, ten cuidado con el entusiasmo y el amor, ambos son temporales y se van enseguida; tres, si te preguntan si te preocupan los problemas del mundo, mira bien a los ojos de quien te pregunta, no te volverá a preguntar; número cuatro y cinco, nunca reveles tu verdadero nombre y si alguna vez te dicen que te mires a ti mismo, nunca lo hagas; seis, nunca digas ni hagas nada que la persona frente a ti no pueda entender; y siete, nunca crees nada, será malinterpretado, te atrapará y te seguirá por el resto de tu vida y nunca cambiará.” Entonces, tras estas palabras, ¿No nos acerca el mismo artista, la voz de una generación, al sin sentido?

Conclusión.

La discusión acerca del sentido en el trabajo y en el arte, de buenas a primeras, no propone establecer oposiciones rígidas, cuya contraposición descienda en una reflexión acerca de los estatutos que la misma sociedad impone sobre ambos sentidos. Al amparar nuestras nociones (básicas, por cierto) “a través” la Pirámide de Maslow, el objetivo es, aunque no se denote en un primer momento, contemplar que tanto el trabajo como el arte son caras de una misma moneda. La moneda que acuñamos, es la de los umbrales del sentido. Por lo tanto, no hay oposición, sino complemento.

Es justamente el concepto de acontecimiento el que para nosotros conlleva una carga semántica y filosófica capaz de comprender a lo que nos referimos. Es el acontecimiento como fin, a modo de una teleología, a partir de un contexto determinado, es lo que sella la huella del sentido y acuña la moneda; sus ambas caras. El espacio-tiempo del contexto, aquel donde los discursos difuminan su sentido teleologicamente, el momentum desde el cual hallamos las marcas del sentido. Y ese contexto, dentro de la lógica neoliberal donde el consumo es el nuevo motor de la historia, requiere 2 nociones de persona que se involucren continuamente: un sujeto productivo; un individuo ocioso. Trabajo y arte.

Lo que queremos apuntar con esto, es basicamente que son los procesos históricos, sus causas, azares y consecuencias, lo que construye un sentido de historicidad. Aquel fluxus histórico, cuya desenvoltura requiere estructurar el devenir – transformarlo en “temporalidad” - , sólo se puede realizar cuando hay un sujeto dispuesto a aceptar las reglas del juego, en el sentido que lo expone Alberto Munari[viii]. Tales reglas son estructuras, conciliadas mediante ideologías; sentido de continuidad. Tanto el trabajo como el arte, funcionan como 2 zonas en constante transición. Asegurando el movimiento de sus partes, aseguramos la continuidad en la temporalidad del individuo. Por ende, nuestra argumentación funciona como un modo de entender esta aparente oposición. Oposición necesaria, imprescindible. Concatenación, opuestos que se atraen, atrapando al sujeto en un ciclo, cuya consecuencia solo puede ser una: la búsqueda constante de sentido. Es en el “ciclón”, los permanentes cambios los que anteceden y propulsan la búsqueda de sentido. Entre el arte y el trabajo, encontramos solo eso. Preguntas, y búsqueda.

Todo como con la pregunta sobre mi opinión con respecto a lo que acababa de leer, a lo que respondí acotando la séptima regla para esconderse de la vida de Bob Dylan, ¿por qué el artista es mal interpretado?, a la misma vez que me venia a la cabeza el comentario del profesor sobre el cuadro de Miró, que puede que en verdad no estemos realmente interesados en ver o escuchar lo que un artista plasma en una obra, con suerte nos dedicamos a la literatura en nuestra sociedad actual, y más que nada a los best-seller, ya que nos tenemos que mantener al tanto de lo que causa furor en nuestra entorno.

Todo aquel sentido otorgado (dotado) por el artista a su obra, se ve perdido en el momento de nuestra apresurada interpretación, apresurada porque no nos permitimos tomarnos una pausa para contemplar aquello que el artista ha creado, o incluso, nuestras mismas acciones, las cuales debido a la rutina van perdiendo su significado, el “porqué nos ponemos zapatos en la mañana antes de salir a trabajar” comentado por uno de los integrantes de la clase en el blog del curso nos viene a mostrar que algo que en un principio tuvo sentido, lo ve perdido debido a la rutina. Aquí dejaríamos de lado todo aquello que es seducción, ya que nada nos seduce a olvidar el verdadero motivo del ponerse el zapato en la mañana.

Es sólo cosa de pensar en qué es lo que más escuchamos a nuestro alrededor para decir que lo que mueve a la gente es el reggaeton, ahora, ¿por qué? ¿Será porque vende? No, porque la gente no obtiene ganancia al escucharlo ¿su contenido lirico? Puede que si como puede que no, ya que en gran medida él es un reflejo de la ideología dominante, expresando los (¿anti?) valores de la sociedad actual.

Al final sólo quedan preguntas, inquietudes abiertas, para continuar con ello haciendo caso al paradigma del hombre lanzado a crear su propio destino, su propio sentido, o, lo que es más complicado aún, a resignarse a vagar en su búsqueda y no encontrar más que sin sentidos. Dentro de estas posibles preguntas, quizá la más importante de todas sea precisamente aquélla relacionada con el sin sentido. ¿Para qué seguir buscando un sentido, intentando crearlo, producirlo, o producirlos, uno o varios, infinitos, para cada acción, para cada emoción, para cada circunstancia vital, si en el fondo, al final del día, basta mirar la realidad a nuestro alrededor para darnos cuenta que nada tiene sentido…?




[i] De Tocqueville, Alexis (1984) – La democracia en América, México, Fondo de Cultura Económica

[ii] Bauman, Zigmunt (2005) – La societé ouverte et ses démons, Séminaire de philosophie du droit 2004-2005, Terrorisme, contre-terrorisme : le traité de guerre perpétuelle ?, 12ème séance, lundi 06 juin 2005, Paris, Institut des Hautes Etudes sur la Justice, disponible en http://www.ihej.org/ressources/zygmunt_Bauman_juin_2005.pdf (consultado 17/06/2009; 21:15 hrs.)

[iii] Íbid.

[iv] HOLZAPFEL, Cristóbal. Explorando la pregunta por el sentido. Conferencia dictada en la Universidad de Concepción, 2004.

[v] HOLZAPFEL, Cristóbal. Explorando la pregunta por el sentido. Conferencia dictada en la Universidad de Concepción, 2004.

[vi] En cierta forma siguen ligados a su trabajo, pero su alta jerarquía provoca que no tengan la motivación por buscar la seguridad dentro de este (la seguridad ya está sobrepasada)

[vii] GODOY, Lorena; STECHER, Antonio; DÍAZ, Ximena. Trabajo e identidades: continuidades y rupturas en un contexto de flexibilización laboral. Capítulo 3. En: Rocío Guadarrama y José Luis Torres (Coords.) 2007. Los significados del trabajo femenino en el mundo global. Cuadernos A, 27, Temas de innovación social. ANTHROPOS y Universidad Autónoma Metropolitana.

[viii] MUNARI, Alberto. “¿De verdad o de mentira?” En: Videoculturas de fin de siglo. Cátedra, Madrid, 1990.

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