El preguntarnos por el sentido no debería ser un ejercicio crítico en vano. Nuestras suposiciones filosóficas, que amparan nuestras preguntas, han de verse reflejadas en la realidad: es mediante los ejemplos cómo logramos entender los procesos que la filosofía pone en discurso. Siguiendo esta suerte de manifiesto práctico, acometeremos la pregunta por el sentido a partir de una discusión en torno al valor del trabajo en la sociedad post-industrial. ¿Podemos seguir enunciando que el trabajo es por antonomasia una fuente referencial de sentido? ¿Y cómo es que el trabajo cobra sentido? Por tanto, ¿cuál es el sentido y valor del trabajo en el mundo actual? ¿Es para todos el mismo sentido? Estas preguntas nos permiten enfocarnos en 3 problemas específicos e interrelacionados entre sí, que trataremos de desmenuzar en el siguiente escrito: el trabajo como fuente dispensadora de sentido en relación a la construcción de identidades y la jerarquización social; la comprensión del sentido desde una aproximación crítica al aparato productivo y el sujeto existente en él; relacionar las particularidades de la dotación de sentido en el trabajo, con la jerarquía de necesidades de Maslow: trabajo como autorealización o como subsistencia.
Según los antecedentes filosófico-históricos, las gravitantes transformaciones sociales del siglo XIX, producto de las cancelaciones y aperturas del sistema económico que comenzó a imperar durante esa época – industrialismo/capitalismo – concibieron un sujeto que se relacionaba con el trabajo desde una óptica distinta. Desde convenciones filosóficas, el trabajo, que alguna vez “emanó” sentido desde su calidad de dominio, a partir de su subyugación a las nuevas lógicas del capitalismo se concibió como una fuente dispensadora de sentido en si misma.
“Históricamente puede constatarse que si bien en toda una primera etapa el trabajo ha recibido su sentido desde el dominio, como fuente dispensadora de sentido, en una segunda etapa, en la que nos encontramos, especialmente desde el inicio de la revolución industrial en adelante, el trabajo pasa a ser por sí mismo una fuente dispensadora de sentido, hasta el punto de que nuestra sociedad se puede caracterizar ante todo como sociedad laboral.”[1]
Nuestra sociedad es laboral; ¿qué quiere decir esto, en torno a la pregunta por el sentido? Esta interrogante nos propone una definición de la fuente dispensadora de sentido que es el trabajo: según el propio Holzapfel, el trabajo sería una fuente referencial de sentido, lejana al trasfondo – el “sentido del sentido”, o lo que Weischedel define como el “desde-dónde”, lo máximamente universal de la cadena de sentido.
“Por todo lo dicho más arriba, las fuentes permanentes referenciales y universales del sentido que están en una mayor cercanía con el trasfondo son las mencionadas: amor- juego-saber-creatividad-muerte. En ellas destaca por sobre todo la donación de sentido, como al mismo tiempo su retiro o sustracción, como en particular, en el caso de la muerte. En el otro lado, las fuentes más alejadas del trasfondo son lucha-dominio-trabajo, y en ellas destaca por sobre todo la dotación de sentido. Y ello significa a la vez que las primeras son las que nos mantienen más cercanos al sentido propiamente tal, precisamente en cuanto se dona, mientras que las segundas conllevan una inevitable carga de arbitrariedad y relatividad, y son las que más pueden extraviar al hombre, como de hecho sucede por lo demás”.[2]
Con estas bases, podemos comenzar a estructurar nuestras ideas. ¿Qué determina que un sujeto “dote” de sentido al trabajo de una u otra forma? El enfoque que proponemos al respecto se guía por la Pirámide de Jerarquía de Necesidades del psicólogo estadounidense Abraham Maslow. Por lo tanto, estipulamos que el trabajo como fuente dispensadora de sentido presenta una cantidad preponderante de matices: puede ser tanto una fuente de autorrealización, como de subsistencia. Así es como entendemos su carga de arbitrariedad y relatividad, su lejanía con un transfondo.
La dotación de sentido respecto del trabajo como fuente dispensadora depende, de este modo, de la posición que las personas ocupan en el aparato productivo: la posibilidad de aspirar a la autorrealización, al menos en el ámbito laboral, estaría asociada a una mayor estabilidad económica, la que otorgaría al individuo la autonomía necesaria para dotar de sentido a determinadas actividades de su vida cotidiana, en la búsqueda de su desarrollo personal; Este lugar es ocupado por el trabajo, dada la centralidad que este tiene en la configuración actual de la sociedad capitalista. Por el contrario, las personas que se ven en la obligación de vender su fuerza de trabajo como único medio para asegurar su propia subsistencia y la de sus familias, otorgan al trabajo un valor de afirmación personal y de validación social, en concordancia con su escaso nivel de instrucción. El trabajo mantiene aquí su centralidad, pero es dotado de un valor diferente, situado en un nivel inferior de la escala de necesidades, siendo considerado como fuente de seguridad.
La satisfacción de las necesidades humanas, en el sentido que las entiende Maslow, aparece, en este esquema, supeditada a la posición del individuo en el sistema productivo. Vamos avanzando en la escala hacia la autorrealización en función de la satisfacción de nuestras necesidades materiales, la que está, en gran medida, sino del todo, determinada por nuestra posición en la jerarquía establecida por la división del trabajo.
Se aprecian, entonces, ciertas diferencias en el trasfondo del sentido entre el ejecutivo y el obrero: la diferencia entre seguridad y autorrealización como contenidos del sentido atribuidos al trabajo (dotación); en el caso de los ejecutivos el trabajo pierde incluso su carácter referencial y se transforma en una fuente ocasional, debido a su condición de alta jerarquía, la cual los “desliga” [3] de la alta necesidad del trabajo.
Estas diferencias entre sentidos del trabajo, no solo juegan en torno a una distinción entre “autorealizados” y “subsistentes”. Lo que consideramos más apremiante, y que más sentido contiene, es la idea, muy sustentada en el último tiempo por sociológos, de que el trabajo es fuente de construcción de identidad, primero personales y posteriormente colectivas. Es por lo tanto una fuente dispensadora de sentido que, de alguna manera, sobrepasa sus propios límites existenciales, para presentarse como articulador de un cierto orden social.
“El trabajo constituye para todos los entrevistados/as un soporte identitario que permite la realización de proyectos personales, posibilita la construcción de una imagen positiva frente a si mismo y los demás, y constituye una fuente de autonomía y dignidad. Como dice un entrevistado, “para mi el trabajo es vital, algo fundamental” (…) Es por ello que pensamos que en tanto espacio en el que se pone en juego una multiplicidad de habilidades y capacidades técnicas y profesionales, sociales y culturales, y que sigue organizando de manera preponderante la vida cotidiana de hombres y mujeres, lejos de desaparecer o perder importancia, no se puede soslayar en un intento por comprender la organización actual de nuestras sociedades, y particularmente, las formas actuales de construir identidades personales.”[4]
Es así que el individuo, al dotar de sentido al trabajo, define una posición identitaria que lo relaciona también con otros; se transforma en sujeto productivo, y es solo así que se condiciona como “existente”. Según este planteamiento, la dotación de sentido en el trabajo puede ser entendido como un proceso de construcción de identidad, que al hacerlo, atribuye al sujeto ciertas funciones, valores y objetivos, que les da sentido a su existencia. Nos atrevemos a decir que la dotación de sentido puede ser vista, desde lógicas propias de la sociedad occidental pos-industrial, mediatizada y global, como una construcción discursiva con fuerte sujeción en el aparato productivo.
[1] HOLZAPFEL, Cristóbal. Explorando la pregunta por el sentido. Conferencia dictada en la Universidad de Concepción, 2004.
[2] HOLZAPFEL, Cristóbal. Explorando la pregunta por el sentido. Conferencia dictada en la Universidad de Concepción, 2004.
[3] En cierta forma siguen ligados a su trabajo, pero su alta jerarquía provoca que no tengan la motivación por buscar la seguridad dentro de este (la seguridad ya está sobrepasada)
[4] GODOY, Lorena; STECHER, Antonio; DÍAZ, Ximena. Trabajo e identidades: continuidades y rupturas en un contexto de flexibilización laboral. Capítulo 3. En: Rocío Guadarrama y José Luis Torres (Coords.) 2007. Los significados del trabajo femenino en el mundo global. Cuadernos A, 27, Temas de innovación social. ANTHROPOS y Universidad Autónoma Metropolitana.
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La rigurosidad y claridad del análisis, así como la declaración inicial de intenciones, producen expectativas que dejan con ganas de continuar leyendo. En efecto, el comentario que sigue sobre el arte de alguna forma aborda parte de los temas sobre los que hubiera sido interesante profundizar mayormente. En este sentido, habría que ver en los tres problemas aludidos al principio más bien antecedentes, que temas a analizar. Sería atractivo que la discusión y trabajo ulterior se centren en la dilucidación del carácter post-industrial de la sociedad a la luz de la relación con el trabajo como oportunidad para la construcción discursiva de identidad. / Sería interesante en lo sucesivo incorporar más sustantivamente las reflexiones existenciales al discurso sociológico que predomina en el trabajo. La vía, ciertamente, es la ampliación de la reflexión sobre de Maslow.
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